El tiempo puso las cosas en su sitio; lo que no era capaz de ver antes, apareció claro ante mí. Vi la burbuja en la que había vivido, alejada de lo que era en realidad lo que me rodeaba. No valen las excusas, no vale nada, solo volar libre, y ser yo misma, y caminar a mi paso.
Y decidió que en aquel momento necesitaba encerrarse en su propia torre, subir los mil escalones y entrar en esa sala a la que nadie más tenía acceso, para después cerrar la puerta con llave y sentarse a mirar el horizonte desde el ventanal... Se quedó a oscuras por un instante y escuchó la nada, el silencio. Ni siquiera podía oír su corazón, aunque sabía que estaba latiendo. Nada, tranquilidad. Silencio y oscuridad... Y fuera, las olas rompiendo contra los acantilados.
Los primeros rayos de sol entraban tímidamente por las rendijas de la persiana; yo llevaba casi una hora levantada y caminaba por mi habitación buscando la ropa que me pondría, mientras llevaba un transistor en una mano, para escuchar la previsión del tiempo.
"Hoy se esperan cielos despejados en toda la meseta...", decía el locutor, y yo me di por satisfecha con lo que me iba a poner. Apagué la radio y caminé hacia la cocina y cuando atravesaba el salón, la vi...
Sentí que mi pulso se aceleraba y me fijé en la silla de mimbre, al lado de la ventana. Sí, era ella, sentada en aquella silla, sonriéndome y con la mirada melancólica. Distinguí bien su rostro, su peinado característico, sus manos cruzadas sobre su regazo. No dijo nada, solo me miró, y yo a ella, sin dar crédito a lo que veía. No me atreví a pronunciar su nombre, porque era demasiado triste para mí... Ni me moví, por unos instantes. Y después, como si de un rayo de sol que muere al esconderse tras la persiana se tratara, desapareció ante mí, léntamente.
Antes de caminar hacia la cocina, quise decirle que todos la echábamos de menos, que nunca la olvidaríamos, pero ya se había ido. Tal vez no hacía falta decirle nada, porque ya lo sabía...
Está sola en el despacho y se acerca a la ventana para ver como llueve.
Fuera, los coches se amontonan en la carretera que cruza la gran avenida y saturan con los pitidos cacofónicos la poca tranquilidad que quedaba en la ciudad. Está lejos de cualquier parque en el que alejarse de esos ruidos. De pronto se acuerda de muchas cosas, y piensa que el final está más cerca que antes, pero no lo suficiente... Y otra vez un nuevo problema, y de nuevo la frustración. A su espalda escucha pasos que recorren el pasillo, y que se pierden a lo lejos. "Mejor", piensa. Prefiere estar sola, y llorar en silencio.
Abro la puerta y me escapo con el viento frío... Las ramas desnudas de los árboles me saludan a mi paso y mis pies se esconden entre la niebla, poco a poco, y mi vestido se va hundiendo, mientras el frío se agarra a mis huesos, con fuerza. Y todo está oscuro de repente, y mis manos se paralizan... no puedo luchar contra la niebla que me va atrapando, y que me ciega, y se apodera de mis miembros; apenas oigo a los cuervos, que me avisan de lo que me espera. Nada, ya no soy mada más que gotas de agua, y no puedo escapar de la nada que me borra los recuerdos... Ya no sé quién era, ni si existo, o si he sido solo el sueño de alguien. Solo sé que la luz no llega hasta aquí, y que solo escucho el silencio.
Ella siente su aliento en la nuca, mientras acaricia las cuerdas, como si fueran los cabellos de él. Lejos, cerca; él y ella. La luna les atrae bajo su luz plateada, y les abraza en una noche infinita.