Categoría: El Principio Antropomórfico
1 Marzo 2009
Última parte del relato de Fernando Diego Gómez-Caldito Viseas.

-¿Estás diciendo que has descubierto la mano oculta de Dios detrás del Universo? -Interrumpió Héctor con sorna- ¡Esta va a ser buena!
-¿Te acuerdas de lo que te dije hace un rato? - le recriminó Vanesa. Héctor pareció dispuesto a contestar algo, pero se lo pensó después al notar el impacto de la mirada asesina de la mujer.
-¿Entonces es eso, doctor? -quiso saber el psiquiatra, que por momentos no sabía si estaba más intrigado por la historia que podía contarle el viejo científico o por la dosis de barbitúricos que iba a necesitar dentro de no mucho tiempo- ¿cree usted haber visto algo así como un plan divino?
-!No sea ridículo! -bramó Desmond- Si quiere encontrar a Dios vaya a la iglesia más cercana. ¡Aquí hablamos de cosas serias!
-¡Bueno, Víctor! -estaba claro que la doctora empezaba ya a impacientarse- Haznos el favor de explicarnos de qué va entonces todo esto.
-Os lo diré. Veréis, como bien explicó antes mi colega, durante las primeras fases del Big Bang el Universo creció de forma exponencial. Luego las fuerzas fueron separándose, cristalizando, como diría Vanesa, formando lo que conocemos como el Universo actual, en expansión. El caso es que esta cristalización no es homogénea. Se formó en múltiples sitios del universo primitivo, como si diminutos cristales se formaran en un recipiente al congelarse: Se crean varios cristales a la vez en diferentes puntos que crecen, hasta que todo el líquido está congelado. En el caso del Universo es lo mismo, aunque sería más adecuado una analogía con burbujas o vacuolas. Las vacuolas deberían ir creciendo hasta ocupar todo el universo. Pero eso no ocurre. El universo primitivo sigue creciendo a la par que las vacuolas, y estas nunca llegan a ocuparlo entero. Nuevas vacuolas ocupan los huecos que crea el universo primitivo al crecer, pero estas nunca llegan a unirse unas con otras. De hecho, podemos imaginarnos el Universo como un conjunto de vacuolas, cada una independiente de las demás. Nosotros llamamos universo a una de esas vacuolas, en la que estamos. Todo lo que vemos, todo lo que hemos investigado, pertenece a esta vacuola. Juntas forman una especie de metauniverso, que está más allá de nuestra imaginación. Ni siquiera podemos saber si las leyes físicas son las mismas en los otros universos o son totalmente distintas. No sé si estáis teniendo la imagen clara en la mente.
Desmond dedicó unos instantes a mirar a los ojos a su pequeña audiencia. A juzgar por sus expresiones, no habría podido decidir cuál de sus acompañantes tenía full, quién tenía poker y quién escalera de color. Visto el panorama, decidió continuar.
-Imaginaos: un metauniverso compuesto por millones, tal vez billones de universos, como células en un ser vivo. Pues bien, eso es exactamente lo que ocurre en realidad.
-¿Quieres decir que el universo es tan sólo una célula que pertenece a un metauniverso que es una especie de ser vivo? -preguntó el psiquiatra, que ya había doblado mentalmente la dosis de barbitúricos- ¿Estamos viviendo en una mitocondria?
-Bueno, más o menos -dijo Desmond, que buscaba algún saliente al que agarrarse en la mirada de Vanesa, y con menos esperanza en la de Héctor. En cualquier caso sólo encontró una roca perfectamente lisa- Ya sé que es difícil de creer...
-Víctor -intervino Vanesa con gesto compungido.- lo que dices no tiene ningún fundamento. Sí, todos sabemos que el concepto de universo inflacionario conlleva la existencia de tus vacuolas. Pero eso es sólo una mera hipótesis, y aunque existieran infinidad de universos burbuja, no se puede deducir de ello una especie de super-ser. Lo que dices va más allá de cualquier conjetura aceptable.
-No es ninguna conjetura descabellada -protestó Desmond- Lo que pasa es que no estás apreciando la imagen en su conjunto. Imaginaos, un metauniverso, compuesto por infinidad de universos célula, cada uno evolucionando hasta alcanzar la madurez y desempeñar una función concreta. Es por eso por lo que las constantes vienen predefinidas: este universo tiene una función concreta dentro del metauniverso al que pertenece. Una función en el que las formas de vida desarrolladas tienen que jugar un papel fundamental. Si no, ¿Que sentido tiene un universo diseñado específicamente para que se formen estas formas de vida complejas?
-Vuelves a hacerlo -indicó Vanesa- Estás dando unos saltos tremendos en tu razonamiento. Das por supuesto que realmente el universo está diseñado para crear formas de vida complejas, que puedan ser conscientes de su entorno y desarrollar inteligencia. Pero puede ser simplemente casualidad, o que como hay tantos billones de universos, alguno tiene que haber que permita la evolución de vida inteligente. También podría ser que damos por hecho que sólo se puede dar vida inteligente con un universo como este, pero tal vez podría darse en universos totalmente distintos.
-Te equivocas -aseguró Desmond. A estas alturas tanto el abogado como el psiquiatra habían dado por cerrada su participación en una conversación a la que estaba claro que no habían sido invitados, y se limitaban a observar a los dos científicos como si estuvieran viendo la final de la copa Davies- Las probabilidades de que un universo tenga estas constantes al azar son virtualmente nulas. No estamos hablando de una, sino de muchas constantes, no lo olvides. Y respecto a que se pueda dar vida inteligente en otro tipo de universo... eso sí que es una conjetura. En cualquier caso, las condiciones para que se pueda desarrollar la inteligencia son definitivamente muy específicas. Incluso aunque se pudieran dar en otro tipo de universo, también estaríamos hablando de un caso muy concreto, con unos parámetros perfectamente definidos, que en ningún caso podrían darse de manera aleatoria. No; puede que haya vida en otros universos, pero también tendrán su función concreta dentro del metauniverso al que pertenecemos.
-¿Y cual es esa función que según usted nos pertenece a las formas de vida de éste universo? -se atrevió a preguntar el psiquiatra al fin, que ya no sabía muy bien qué iba a tener que hacer con los barbitúricos.
-Reproducción -sentenció Desmond.
-¿Reproducción? -Exclamaron los tres al unísono. Durante un tiempo, se estuvieron mirando unos a otros incrédulos. Tenían la sensación de que estaban siendo víctimas de alguna broma pesada. Las miradas saltaban convulsivamente entre ellos esperando que alguien pudiera decir algo, hasta que casualmente el psiquiatra y el abogado miraron a la doctora al mismo tiempo.
-A mí no me miréis -dijo la doctora con una media sonrisa-, yo tomo la píldora.
-!Vamos, doctor! No me joda -saltó Héctor, que empezaba a dar claros síntomas de indignación.
Desmond intentó hacer acopio de toda la dignidad que le quedaba, que era ya de por sí un bien muy escaso. Tomó aire y continuó hablando pausadamente, aunque al psiquiatra le pareció ver un leve temblor en el ojo izquierdo. Tal vez algunos miligramos más, pensó.
-No deberíais de tomarlo tan a la ligera. Pensadlo bien. El universo tiene ahora, según las últimas mediciones, alrededor de 13500 millones de años. Durante este tiempo, se han formado galaxias, han muerto estrellas, se han creado sistemas solares y ha surgido la vida. A partir de aquí, todo es cuesta abajo: Ya no se van a formar más galaxias, cada vez habrá más estrellas muertas: enanas blancas, estrellas de neutrones y agujeros negros. Poco a poco el universo envejece. Llegará un día en que no habrá suficiente hidrógeno para formar nuevas estrellas, el cosmos se enfriará y la materia irá degenerando lentamente. Eso suponiendo que no haya suficiente materia como para que se contraiga y vuelva a implosionar. En cualquier caso, ahora mismo el Universo está en plena madurez. Fijaros bien: Ahora, justo cuando los seres humanos llevamos unos pocos miles de años dando tumbos por esta pequeña bola de roca y agua. ¡Qué casualidad que el universo alcance su plenitud precisamente cuando aparecen seres pensantes en él!. No digo que no hayan aparecido otras especies inteligentes a lo largo de este enorme Universo, aunque podríamos ser los primeros. En cualquier caso, si lo han hecho, habrá sido en un período de tiempo relativamente cercano, cuando el universo estaba ya en su madurez (millón de años arriba o abajo). Antes, simplemente, no había suficientes elementos complejos como para sustentar la vida. Y, para cualquier ser vivo, la madurez es ese período de tiempo en el cual está plena su capacidad reproductiva. Para el Universo, eso es ahora.
-¿Y cómo se supone que se reproduce el Universo, señor Desmond? -se burló Héctor, al que el excepticismo le corría por la cara como una estampida de ñus.
-Eso es fácil -respondió el viejo físico- Basta con que un grupo de insensatos descerebrados hambrientos de poder decidan crear una singularidad desnuda en un laboratorio.
Un rictus de espanto se implantó en el rostro de los tres acompañantes. De repente las divagaciones de un viejo loco comenzaron a dejar entrever una inquietante posibilidad. Al abogado se le borró la mueca como si le hubieran dado un escobazo, y Vanesa se puso rígida, mirando fijamente a su viejo compañero, con los ojos muy abiertos, pensando que tal vez no estuviera del todo loco. El doctor Howard, por su parte, acababa de decidir que probablemente sería mejor que los barbitúricos se los tomara él mismo.
-Pero según los cálculos... -balbuceó la doctora.
-Los cálculos estaban incompletos. Poco antes del experimento introduje nuevos parámetros en la simulación, y descubrí que la singularidad se comportaría como un falso vacío en estado inflacionario. En cuestión de décimas de segundo tendríamos un nuevo y maravilloso universo creciendo dentro de nuestro laboratorio. Por eso intenté pararlo. Pero no me escucharon. Lo que íbamos a obtener no era una singularidad desnuda, sino una singularidad abierta. ¡Una singularidad abierta! ¡Un nuevo Big Bang!
-Por eso lo boicoteó -concluyó el médico.
-Lo intenté -confesó Desmond-, lo intenté, pero no lo conseguí. Apenas pude pasar de mi despacho cuando me interceptaron los de seguridad. Conseguí destruir el disco duro de algunos ordenadores y poco más.
-También le partió la mandíbula con el extintor a uno de los guardias, no lo olvide -añadió el abogado.
-¿En serio?- Un brillo de orgullo apareció en los cansados ojos del físico- La verdad es que no lo recuerdo. Estaba en un estado de pánico, no sé muy bien lo que pasó. Pensé que todo iba a terminar.
-¿Entonces no tuviste nada que ver con el fracaso del experimento? -preguntó Vanesa- ¿Entonces por qué falló? Esperábamos que tú lo supieras.
-No lo sé, pero en cualquier caso debemos estar agradecidos, ¿No crees?
-No, no lo creo, Víctor. Necesitamos saber lo que pasó para confirmar tus sospechas. No podemos dar carpetazo al asunto sin saber por qué no se ha formado ninguna singularidad desnuda o abierta. Simplemente el agujero se colapsó sobre sí mismo sin dejar rastro. De repente, el rostro del viejo físico se iluminó, intentando disimular una ligera sonrisa.
-¿Se colapsó sobre sí mismo? -quiso saber- ¿Estas segura?
-Sí. Eso fue lo que pasó. ¿Que significa?
Desmond se quedó un rato pensando en silencio. Luego, se recostó lentamente sobre el respaldo de su asiento, con la mirada perdida.
-!Vaya, vaya!... -susurró para sí. Su rostro, por primera vez, se veía relajado, en paz. Luego añadió, dirigiéndose al médico- Doctor, si no le importa me gustaría retirarme ahora a descansar. Ha sido una tarde muy intensa, ¿no cree?
-Ehhh... sí, eso es cierto, pero...
-Por favor, doctor. De verdad, estoy muy cansado.
El psiquiatra miró un momento a la doctora y al abogado, sin saber muy bien qué hacer. Finalmente tomó una decisión.
-De acuerdo, le acompañaré a su habitación.
-¿Cómo? -protestó Vanesa- ¡No puedes irte así, necesito saber qué ha pasado!
-!Vamos, Desmond! -insistió el abogado- ¿De qué va todo esto? ¿Crees que puedes largarte así, sin más? ¡Si no colaboras podría haber consecuencias!
-Buenas tardes, Vanesa. Me ha encantado verte. Adiós, señor Manfredi.
-¡Pero Víctor!...
Las últimas palabras de la doctora fueron dichas a una puerta cerrada tras la cual ya se encaminaban su compañero y el doctor, camino a alguna pequeña habitación del hospital. No tardó mucho en volver el doctor Howard para acompañarles a la salida, no sin antes indicarles que con toda probabilidad no encontraría motivos para retener al doctor Víctor Desmond, con lo que le daría el alta en menos de 48 horas. Les acompañó hasta la puerta con cerradura magnética y allí se despidió de ellos.
La mujer y el hombre desandaron sus pasos por el suelo de tablero de ajedrez. Dos juegos de pasos, uno con una cadencia larga y grabe, el otro, más rápida y aguda. Pasos de mujer, pasos que hacían que se volvieran las fantasías de muchos de los inquilinos del viejo hospital psiquiátrico. Pero de repente, los pasos de cadencia más rápida y aguda cesaron. No tardaron en hacer lo propio los de su acompañante.
-¡Hijo de puta! -exclamó la mujer.
-¿Qué ocurre, Vanesa?
-¡Hijo de puta! ¡No ha fracasado!
-¿Cómo que no ha fracasado?
-Lo conseguimos. ¡Obtuvimos una singularidad abierta!
-Espera un momento... ¿No habíamos quedado en que si obteníamos una singularidad abierta crearíamos un nuevo Big Bang?
La doctora miró a su compañero con una sonrisa de oreja a oreja
-¡Exacto! -exclamó.
-¿Entonces?
-No lo entiendes. La singularidad se ha creado, y el nuevo Big Bang también. Lo que ocurre es que cuando creamos el microagujero negro, creamos también un pequeño túnel, ¿te acuerdas?
-Sí, recuerdo lo del pozo con forma de trompeta.
-Pues lo que ha ocurrido es que el nuevo universo se ha creado en el extremo del túnel, en el fondo, donde estaba la singularidad, y la radiación del agujero de gusano cerró el cuello del mismo, dejando al nuevo universo creciendo tranquilamente al margen de nuestro universo. Es como si se hubiera creado un globo a partir de la superficie de otro, pero de tal manera que en cuanto se ha empezado a inflar, el cuello de botella que los unía se ha cortado, separándolos. En el momento en que se empezó a crear el nuevo universo, el túnel se cerró aislándolo del nuestro. Pero ahí está, en alguna parte.
-¿Quieres decir que...?
-Sí, Héctor. Hemos sido padres.
La doctora comenzó a caminar con brío hacia la salida del hospital, seguida a pasos forzados por el abogado, que tendría que presentar el informe más inverosímil de toda su carrera profesional. Todavía no sabía cómo iba a hacerlo. Mientras tanto, en algún lugar más allá del tiempo y del espacio, un nuevo universo daba sus primeros pasos en la realidad. Se empezaron a formar vacuolas que crecían, y en una de ellas, dentro de algunos miles de millones de años, habría galaxias, estrellas, planetas, y algunas torpes formas de vida que evolucionarían y acabarían preguntándose de dónde había salido todo lo que les rodeaba. Y algún día, en algún lugar, alguna de ellas decidiría que sería un buen momento para ver que pasaría si se le daba la vuelta a un agujero negro, y todo volvería a comenzar de nuevo.
FIN
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1 Marzo 2009
Tercera parte del relato de Fernando Diego Gómez-Caldito Viseas.

El médico esperó unos instantes a que las aguas volvieran a su cauce antes de continuar. Héctor, cuyo color le había abandonado el rostro, miraba furibundo a su compañera. Ésta observaba con ojos preocupados al hombre que no hacía mucho había admirado como un auténtico mentor, el cual ahora miraba al suelo, mientras daba golpecitos con el pié al lápiz que nadie se había molestado en recoger.
-Bueno, doctora, iba a explicarnos la técnica que pretenden utilizar para obtener esa energía de vacío.
-Bien. Todo comenzó hará unos 10 años, cuando Desmond trabajaba en el Gran Colisionados de Hadrones del CERN. Por aquella época descubrió que podían crearse en condiciones controladas microagujeros negros.
-¿Y eso no es peligroso? -preguntó Howard alarmado- ¿Es ese el motivo de su inquietud, señor Desmond?
-No sea ridículo -respondió el aludido- Estamos hablando de agujeros negros más pequeños que un protón. Tienen tan poca masa que se desintegran en una fracción de segundo debido a la radiación de Hawkings.
-Cierto -corroboró la doctora- Pero el hecho de que durante una insignificante fracción de tiempo estén ahí abre muchas posibilidades. Fue el propio Desmond el que escribió un artículo sobre la viabilidad de crear y estabilizar microagujeros en una prestigiosa revista, a raíz de lo cual se le contrató en CERES. Verá. Para entender lo que nos proponemos primero debe comprender algunas cosas sobre los agujeros negros. Lo más importante que debe tener en cuenta es que un agujero negro es una singularidad cerrada rodeada por un horizonte de sucesos.
-Naturalmente -Dijo el psiquiatra con una mueca sarcástica- ¿Dónde está el problema?
-Perdone -se disculpó la mujer, que sonrió ligeramente avergonzada- Mire, una forma de imaginarse un agujero negro es como una especie de pozo sin fondo, pero que tiene una apertura como la boca de una trompeta. Imagínese que empuja una pesada carretilla cerca de este pozo. Cuanto más alejado de la boca esté más fácil le resultará empujarla, pero conforme más se acerque al pozo, mayor será la pendiente y más difícil le será evitar que caiga. Llegará un momento que le resultará completamente imposible sujetarla, y caerá al fondo. Cuanto menos pese la carretilla más se podrá acercar al centro del pozo sin que se vea arrastrado por ella. Pues bien, un agujero negro es exactamente igual. Pero en este caso, hay un momento en que no importa lo ligera que sea esa carretilla: Caerá inexorablemente. Incluso la luz, una vez que pase ese límite, sucumbirá sin poder remediarlo. Esta frontera es lo que se conoce como Horizonte de Sucesos, y mucha gente lo confunde con el agujero negro en sí. En realidad éste se encuentra en el centro de ese horizonte, y puede ser mucho más pequeño, sólo que no podemos verlo. A esa región, al agujero en sí mismo, lo llamamos Singularidad. Es una singularidad cerrada porque nada puede salir de ella. Y es aquí donde cobra importancia el trabajo de Desmond.
-Hay que joderse... -bufó éste.
-Lo que Víctor consiguió -continuó Vanesa mientras atravesaba con la mirada a Desmond haciendo caso omiso del comentario de este - fue una manera de manipular los microagujeros negros. Ahora no sólo podemos crearlos, sino estabilizarlos, variar su eje de rotación e incluso el sentido y la velocidad de ésta. Hemos tardado casi diez años en conseguirlo, pero por fin hace tres días estábamos preparados para realizar un experimento crucial.
-Fue el día en que Desmond enloqueció -puntualizó el abogado. Vanesa temió por unos instantes que el viejo físico se abalanzara sobre él, pero éste seguía mirando aparentemente al suelo, aunque seguramente observaba algún lugar mucho más lejano.
-En efecto -confirmó ella- Verá, estas singularidades son unas aberraciones que parecen avergonzar profundamente al Universo. Por eso las oculta pudorosamente detrás del horizonte de sucesos. Nosotros pretendíamos sacar a esta singularidad a la luz. Para ello, hicimos girar el microagujero sobre su eje cada vez más y más deprisa. Gastamos tanta electricidad en ello que tuvimos que hacerlo por la noche, para que la ciudad no notara las bajadas de tensión. La idea era hacer girar tan rápido al agujero que la singularidad se fuera achatando por los polos y ensanchando en su ecuador, cada vez más y más, hasta que este ecuador rebasara la frontera del horizonte de sucesos. En ese momento, tendríamos una singularidad desnuda, y una puerta de acceso al falso vacío, un surtidor de energía que podríamos aprovechar. Si el experimento hubiera tenido éxito habríamos obtenido la forma de saciar de una vez por todas las necesidades energéticas mundiales.
-Pero no funcionó -concluyó el psiquiatra.
-No, no funcionó -reconoció Vanesa frustrada, recostándose en el respaldo mientras apartaba la vista hacia algún punto indefinido. Por un momento Desmond pareció regresar de donde fuera que estuviera y la miró furtivo.
-Mire, Desmond -intercedió el abogado, cauteloso- Sólo queremos saber qué fue lo que pasó. Necesitamos su ayuda. Si tan peligroso es el experimento, por favor, explíquenoslo para que pueda ponerlo en mi informe. Le garantizo que seré todo lo convincente que pueda. ¿Cómo vamos a realizar cualquier acción que pueda, según usted, destruir el Universo? ¡No tenemos otro! Le aseguro que a los de marketing no les gustaría la idea -bromeó.
El silencio se hizo dueño de la sala, mientras el abogado, la doctora y el médico observaban expectantes al viejo científico. Al fin, Desmond empezó a reaccionar, lentamente, como si despertara de un profundo coma. Por primera vez desde que llegaron, miró a Vanesa a los ojos. Luego, sereno, comenzó a hablar.
-La verdad es que temo que con lo que voy a contaros me toméis por loco -dijo. Luego, miró unos instantes a su alrededor, como recapacitando sobre su tal vez no demasiado afortunado comienzo- Bueno, qué más da, ¿verdad? -sonrió agriamente- Dicen que si una persona fuera capaz de percibir la verdadera magnitud del universo, y por tanto la insignificancia de su ser, sucumbiría inmediatamente a la locura. Puede que me haya pasado algo parecido. Durante las últimas fases de la investigación he llegado a inquietantes conclusiones sobre la naturaleza misma del universo. Cuando por fin encajé la última pieza del rompecabezas pude observar con meridiana claridad una visión cosmológica completa. Y la consecuencia inevitable de esa realidad es la destrucción completa de todo.
-¿De todo? -preguntó Héctor incrédulo- ¿No cree que estamos siendo un poco exagerados?
-¡Sí, de todo, de la Tierra, del sistema solar, de la galaxia... De todo el Universo!
-¡Cálmate, Víctor! -suplicó Vanesa- Debes de entender que resulta muy difícil creer que podamos destruir todo el universo desde un laboratorio, ¿no crees? Es que... ¡joder!, no estás diciendo que podíamos haber volado el edificio, o media ciudad. ¡No!. Estas diciendo que podríamos haber destruido el Universo entero. ¡El Universo! ¿Te das cuenta de como suena eso?
-Me doy cuenta -sentenció Desmond.
-¿Y bien? -inquirió la mujer al ver que no parecía que su colega fuera a continuar hablando. Tras unos segundos, el viejo profesor prosiguió.
-Veréis... cuando uno da lecciones de física en un instituto o en una universidad, se explican una serie de leyes básicas, un grupo de fundamentos que hace que todo parezca tener sentido. Las leyes de la física son las que son, y no se pueden romper, simplemente porque el Universo está hecho así. De esta manera podemos explicar cualquier fenómeno natural. Las leyes parecen tener una belleza intrínseca, están relacionadas, de forma que unas son consecuencia lógica de las otras, y al final tenemos un mosaico de leyes y propiedades, una especie de piedra de roseta que explica cómo funciona todo. Las cosas son como son porque no podrían ser de otra manera. Simplemente todo encaja de forma natural. No tiene sentido imaginar un universo donde los objetos no tengan inercia, o donde las cargas opuestas no se atraigan. Todo tiene una lógica... o casi todo. Existen una serie de parámetros que parecen puestos "a dedo".
-Creo, señor Desmond, que me estoy perdiendo -confesó el doctor.
-Lo que quiero decir -continuó Víctor-, es que cualquier fenómeno que observe puede ser explicado como una consecuencia lógica de las leyes de la física. Es como un triángulo plano: sus ángulos sumarán 180 grados sexagesimales, simplemente porque no puede ser de otra manera. Todo tiene un orden natural. Pero en la naturaleza, hay ciertos parámetros que parecen tener un valor caprichoso. No existe ninguna ley que implique necesariamente que tengan que tener ese valor. Podría ser cualquier otro. ¿Por qué la constante de gravitación universal vale exactamente 6,673x10E-11? ¿O la constante de permitividad del vacío 8,854x10E-14? No hay ninguna razón aparente para que sea así. Simplemente, cuando se formó el universo, por algún motivo, estos parámetros ya venían de serie. Lo más aterrador es pensar en que si cualquiera de ellos fuera tan sólo mínimamente diferente del actual, el universo sería completamente distinto. Por ejemplo, si el valor de la constante gravitatoria fuera ligeramente mayor, las estrellas consumirían su reserva nuclear en mucho menos tiempo, no en miles millones de años, sino en cientos de millones de años, tal vez menos. La fase principal sería tan corta que no daría tiempo a que se pudieran generar formas de vida complejas. Además, el universo se cerraría sobre sí mismo en poco tiempo y colapsaría. No nos habría dado tiempo a evolucionar, probablemente ninguna criatura podría haberlo hecho.
"Si la constante fuera un poco menor, no se habrían formado las galaxias. Los materiales del universo estarían más dispersos, apenas habría estrellas, y mucho menos supernovas. Por tanto, no se habría producido la nucleosíntesis de elementos complejos, y el universo entero sería un montón de nubes de hidrógeno, sin forma definida." "Lo mismo pasaría con la constante de permitividad, que afecta a la intensidad con la que se atraen las cargas eléctricas. O con la de Plank, o con cualquier otra. Son parámetros aparentemente aleatorios, pero en los cuales la más mínima variación afectaría completamente a la vida no sólo en la tierra, sino en todo el Universo. No pueden ser aleatorios. Algo los ha predefinido."
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26 Febrero 2009
Segunda parte del relato de Fernando Diego Gómez-Caldito Viseas
-Verá. El vacío que nos rodea no es tan vacuo como podría usted imaginarse. Incluso en el mejor de los vacíos posibles, y no me refiero a un gas que esté en su máximo enrarecimiento, sino en un vacío realmente absoluto, se produce un fenómeno curioso, y es que de forma espontánea se crean continuamente pares de partículas y antipartículas que surgen de la nada, se dan una pequeña vuelta por nuestra realidad y vuelven a juntarse para desintegrarse mutuamente. Todo el vacío está lleno de energía, en realidad una cantidad tal que no se puede usted imaginar. Lo que pasa es que es una energía a la que normalmente no podemos acceder, por el mismo motivo que un lago a 2000 metros de altitud posee una enorme cantidad de energía potencial pero no podríamos acceder a ella desde su superficie.
La doctora guardó silencio expectante. -Quizá cuando dije brevemente, fui demasiado optimista -confesó el médico al fin.
-Está bien -admitió la doctora mientras sacaba un lápiz afilado del bolso y lo colocaba vertical sobre la mesita, sujetándolo con un dedo- Imagine que fuera capaz de dejar este lápiz en perfecto equilibrio sobre la punta. Si nada lo tocase, en teoría podría mantenerse así indefinidamente, almacenando cierta energía. Como ve, es un equilibrio muy precario, y la más mínima perturbación lo hará caer -dijo mientras lo soltaba y caía como un diminuto árbol golpeando contra la tabla- liberando la energía almacenada y alcanzando un nuevo estado de equilibrio mucho más estable. Ahora el lápiz está en reposo sobre la mesa, lo cual no significa que no tenga más energía potencial. De hecho sigue teniendo casi tanta como antes. Lo que pasa es que ya no bastará con una leve perturbación para extraerla, sino que será necesario algo un poco más contundente.
En ese momento, golpeó el lápiz con el índice como si jugara a las chapas y lo hizo rodar hasta que cayó por el borde de la mesa, rebotando contra el suelo. Desmond lo observó ausente.
-Análogamente –continuó- en un principio el universo estaba en un estado de equilibrio muy inestable, almacenando una gran energía, como el lápiz sobre la punta. Fue la rotura de este equilibrio lo que produjo el Big Bang. Durante los primeros instantes liberó tanta energía que el universo se inflaba de forma exponencial, y estaba tan caliente que las cuatro fuerzas fundamentales (la gravedad, la electromagnética, la fuerte y la débil) estaban unidas en una sola superfueza. Conforme el universo alcanzaba el estado de equilibrio estas cuatro fuerzas fueron separándose y dándole las propiedades que tiene en la actualidad, de forma parecida a como cristalizaría el hielo en un vaso de agua que se enfría bruscamente. Pero el que el universo esté en un estado de equilibrio más estable no significa que no posea una enorme cantidad de energía potencial.
-Ya veo. -dijo el psiquiatra- ¿Y cómo piensan empujar el lápiz hasta el suelo? Vanesa sonrió orgullosa. -Buscando los bordes de la mesa -contestó.
-Si no me equivoco -precisó Héctor dirigiéndose a Desmond- fuiste tú el que puso en marcha todo esto, aunque tal vez de forma circunstancial, ¿verdad? -Y en qué mala hora. Podría haberme ahorrado diez años de mi vida que he tirado por el retrete.
-No digas eso, Víctor -protestó Vanesa- Durante estos años hemos dado pasos de gigante tanto en física teórica como en aplicada, en gran medida gracias a ti -la mujer se giró sobre su asiento para encararse con el viejo físico, probando un tono ligeramente adulador- Si todavía somos capaces de poner en marcha el proyecto, podrías pasar a la historia como el artífice de una nueva era.
-¡Es que no se enteran! -explotó el anciano, dando un sonoro manotazo a la mesa- ¡Sólo hemos avanzado hacia el precipicio, como el lápiz que tan despreocupadamente arrogaste al suelo! ¿Es que realmente no son capaces de comprender que hemos estado a punto de causar una catástrofe de proporciones cósmicas?
-Eso -interrumpió el abogado- es muy difícil de creer. Y le aconsejo que no vaya diciendo esas cosas por ahí. Está dramatizando, y ya tenemos suficientes problemas como para que encima ahora puedan acusarnos de Dios sabe qué. Probablemente perdamos millones con toda esta historia, pero si no se calma todavía logrará que nos metan a todos en la cárcel, aunque sólo esté diciendo tonterías.
-Escúchame bien, hijo de puta -gruñó Desmond rojo de ira. Se veían claramente las venas de las sienes palpitantes- Yo ya daba lecciones de física en la universidad cuando todavía manchabas los pañales. Ni todas las clases del mundo podrían hacer que te dieras cuenta de la dimensión de en lo que estás metido. Esto te queda muy grande, mocoso, así que te sugiero que cualquier nueva brillante aportación que tengas, cojas y te la metas por el culo.
-¡Cálmese, por favor! -reclamó el psicólogo-. Si no lo hace tendré que darle algún sedante.
-Tranquilízate, Víctor, te va a dar un síncope -medió la mujer- Estamos aquí precisamente para que todos podamos comprender lo que pasó hace tres días, así que tengamos un poquito de calma y tranquilidad. Ah, y Héctor...
-¿Si?
-¡Cállate!

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25 Febrero 2009
Como me gustan mucho los relatos de ciencia ficción, pero creo que es un género que se me resiste, he querido traer uno de una persona a la que quiero mucho, con su permiso. Aquí tenéis la primera parte. Como habéis visto, se titula "El principio antropomórfico", y su autor es Fernando Diego Gómez- Caldito Viseas.

EL PRINCIPIO ANTROPOMÓRFICO
Los pasos de la dura suela de material resonaban en las vacías paredes color crema del pasillo. No era el único claqueteo que se oía, pues iba acompañado de unos golpes más secos y agudos de mayor cadencia. Era uno de esos sonidos que hacen imaginar unas piernas a juego, con medias y falda justo por debajo de la rodilla, una imaginación que golpeaba a los inquilinos del singular edificio con fuerza, a veces demasiada.
No era pues de extrañar las miradas curiosas de algunos de ellos, tal vez los más afortunados, tal vez los menos, para comprobar con avidez si sus expectativas estaban o no justificadas. Es posible que algunos sintieran cierta decepción cuando vieron pasar a los dos visitantes por el pasillo, pero era sin duda una decepción que no estaba justificada en absoluto, al menos en la parte correspondiente a la doctora Vanesa Sarkoff, una de las colaboradoras en el flamante departamento de física de altas energías del laboratorio que la empresa había construido a las afueras de la ciudad. Cierto es que llevaba pantalones en lugar de la ansiada falda, y que los zapatos tenían un tacón más discreto de lo que cualquier fantasía mínimamente elaborada consideraría parte de un vestuario apropiado, pero era evidente que se trataba de una mujer que no sólo no había perdido su atractivo a pesar de encontrarse en el ecuador de su cuarta década, sino que poseía esa elegancia indiscutible que da la solera, con el pelo recogido en un discreto moño y un maquillaje sutil.
Cualquiera habría pensado que un lugar de trabajo que se llamara "laboratorio de altas energías" debería de tener unas instalaciones que por lo menos poseyeran un buen muro perimetral, alarmas, cámaras y una puerta de acero de al menos un metro y medio de espesor, de esas que dejan claro que una aldaba no tiene mucho que hacer allí. Tampoco habría sido demasiado pedir que el edificio en cuestión tuviera un aspecto sumamente anodino, aunque no lo suficiente como para evitar que se pudiera construir una buena leyenda oscura sobre los siniestros experimentos científicos que tuvieran lugar intramuros. Pero la verdad es que el laboratorio era un lugar de trabajo bastante agradable, en absoluto amenazador, con unas letras grandotas en la fachada principal que ponían "Laboratorios de física aplicada CERES", una parada de autobús en la puerta, visitas guiadas y cafetería con menú infantil. De hecho, si no se hacía una inspección a los laboratorios de la parte más interna, lo único que habría diferenciado el edificio de un instituto de secundaria sería que las batas blancas estaban más de moda de lo normal y que casi la mitad de los estudiantes tenían barba.
Pero no estaban ahora en los laboratorios, como no podía parar de recordarse la doctora, sino en un lugar bastante menos agradable. Iba acompañada de un hombre tal vez diez años menor, que vestía un impoluto traje gris, corte de pelo milimétrico y una cuidada barba muy recortada, Llevaba un portafolios color piel que poseía esa gravedad especial que dan los documentos importantes.
Las dos figuras avanzaban como torres en el tablero de ajedrez que formaban las baldosas blancas y negras del suelo, él un paso detrás de ella, un metro a la izquierda de ella, hasta que se detuvieron ante una puerta color hueso con un cristal esmerilado cubierto por una rejilla. Un individuo enjuto de escaso pelo gris les estaba esperando junto a ella. Llevaba bata blanca, pero estaba claro nada más verle que no era una bata de laboratorio. Había algo en los doctores que los diferenciaba claramente de sus compañeros del departamento de física, pensó Vanesa, y más todavía cuando se trataba, como en este caso, de un psiquiatra.
-Buenas tardes -dijo el hombre de la bata-. Espero que no hayan tenido ninguna dificultad para llegar aquí.
-No hemos tenido ningún incidente, gracias -respondió Vanesa-. Le presento a Héctor Manfredi, representante de la compañía. Héctor, te presento a Howard Davies, médico psiquiatra y director del centro.
-Encantado -saludó formalmente Héctor, dando un medido paso hacia delante y estrechando la mano del médico.
-¿Cómo está Desmond?
-Le hemos retirado la medicación y se encuentra tranquilo y lúcido. Los episodios de delirios han terminado de forma natural y en estos momentos está en observación. Si todo sigue así le daré el alta médica en las próximas 48 horas.
-Con un poco de suerte podremos solucionar todo este lío y mandarle a casa de vacaciones.
-Yo no lo tengo tan claro, Vanesa. Depende del informe psiquiátrico que realice el doctor Howard. De eso y de lo que podamos averiguar, pero me temo que la carrera de Desmond puede haber sufrido un golpe definitivo. Eso si la empresa finalmente no presenta cargos, lo cual está todavía por ver. Hay mucha gente muy cabreada.
El gesto de preocupación de la mujer era evidente, pero estaba claro que era tan consciente de la situación como su compañero. Incluso en el mejor de los casos la reputación de su colega estaba hecha fosfatina. Había tirado por tierra los últimos 10 años de trabajo. Y no sólo el suyo, sino el de todo el equipo que había estado a sus órdenes todo este tiempo. Si conseguían sacar algo en claro de todo el asunto puede que no todo estuviera perdido, pero sólo Víctor Desmond tenía las claves que podían poner en marcha el proyecto otra vez. De él dependía que se hubiera perdido una semana de trabajo, un mes, un año o una década. No tenían ni idea del alcance real de los sucesos de hacía tres días.
-¿Y qué van a hacer? -respondió al fin, indignada-. ¿Pedirle una indemnización de 800 millones de euros?
-Quién sabe. La gente rencorosa puede ser muy imaginativa -dijo Héctor con flema. Vanesa se giró hacia el médico, que había presenciado la conversación con la misma expresión de alguien que se acaba de llegar a la fiesta sólo para darse cuenta de que realmente no estaba invitado.
-¿Podemos verle? -dijo poniendo fin a la discusión.
-Si, por supuesto. Si me acompañan les llevaré a una salita donde podrán charlar con él cómodamente.
El psiquiatra rebuscó en un bolsillo de su bata que parecía no tener fondo y sacó una tarjeta con una banda magnética, que introdujo en un lector junto a la puerta. Ésta respondió con un ruido eléctrico y un pequeño LED verde junto al lector se iluminó.
-Por aquí, por favor.
El mundo al otro lado de la puerta era decepcionantemente similar al que habían dejado atrás. Un poco más sobrio, un poco más frío, un poco más deprimente, pero indiscutiblemente semejante al ala del hospital que acababan de dejar atrás. Simplemente los pocos lugares que antes estaban ocupados por plantas y cuadros parecían ser ahora propiedad de papeleras y extintores. Tal vez demasiados extintores, pensó Vanesa con cierto escalofrío.
No tardaron en llegar a una pequeña estancia. No era como se imaginaba Vanesa. Esperaba encontrar una habitación blanca, con una mesa en el centro, sin ventanas y con un gran espejo en un lado que hasta el más tonto sabría que los ojos reflejados en él no serían los únicos que verían. En su lugar el sitio en que se encontraban recordaba más a la sala de espera de un dentista, con pequeños sillones no muy cómodos alrededor de una mesita circular, amén de una ventana bastante generosa con vistas a un patio interior y las omnipresentes rejas que delataban su pertenencia a un centro psiquiátrico.
-Por favor, siéntense mientras voy a buscar a Desmond. Seguro que le agradará tener visita.
Los dos científicos se sentaron obedientes al mismo lado de la pequeña mesa. No tardó en aparecer el psiquiatra acompañado por un individuo de aspecto desaliñado, atribulado y absorto. Aunque tenía cerca de 60 años, parecía algo más mayor, frágil y derrotado. Vanesa no pudo evitar sentir una honda impresión al contemplar el estado de un individuo cuya espalda, ahora ligeramente encorvada, había soportado el peso del trabajo de más de un centenar de personas solamente en las fases finales del proyecto. Un jersey de punto de color verde, pantalones de pana marrón y unas zapatillas de andar por casa contribuían a despojarle de esa altivez orgullosa que le caracterizaba, lo que produjo en Vanesa una sensación amarga al pensar en la impresión tan equivocada de aquél brillante científico que iban a llevarse los dos hombres que la acompañaban.
-Hola, Vanesa -dijo con un hilo de voz apenas perceptible- Como ves no estoy en uno de mis mejores momentos -murmuró con una pequeña mueca socarrona.
-Hola, Víctor. No te preocupes, yo te veo bastante bien -mintió-. Te presento a Héctor.
-Eres abogado, ¿verdad? -inquirió Desmond- Veo que no han tardado mucho en empezar los preparativos para la crucifixión. No les culpo.
-Nadie está buscando culpables, Desmond -dijo el doctor Howard en ese tono tranquilizador que usan los psiquiatras fundamentalmente para tranquilizarse ellos mismos cuando mienten como bellacos.
-Serían retrasados mentales si buscaran -contestó Victor- Tan sólo tienen que mirar hacia mí.
-No se precipite, señor Desmond -interrumpió Héctor- En realidad no estamos tan interesados en depurar responsabilidades como en intentar comprender lo sucedido y ver si todavía estamos a tiempo de salvar el proyecto. Estoy aquí para elaborar un informe detallado de lo que ocurrió, sus causas y sus consecuencias. El doctor Howard se encuentra aquí para contribuir al informe desde una perspectiva psicológica y su colega la doctora Vanesa Sarkoff nos ayudará a arrojar algo de luz sobre las partes más técnicas del mismo.
-¿Salvar el proyecto? -una sonrisa burlona cargada de ironía asomó por la cara de Victor- El proyecto no puede ser salvado. Fracasó, y no puedo decir que lo lamente. Yo que usted, jovencito, metería todos los documentos en un contenedor, le pondría una cadena bien gorda, lo tiraría al mar y lanzaría la llave en el otro extremo del mundo. Hemos tenido suerte de que el proyecto fracase.
-!Venga ya! -protestó Héctor- El proyecto no fracasó. Usted lo boicoteó. ¡Queremos saber cómo y por qué!
-Usted jamás podrá comprender de lo que estamos hablando, muchacho.
-Por eso está aquí su colega.
-El que no entiende nada soy yo... -interrumpió el psiquiatra- Puede que ayudara algo que supiera de qué cojones iba el proyecto en el que estaban trabajando. Ni siquiera tengo una base para decidir si se le debe dar el alta o no, porque realmente no sé de qué va todo esto.
Héctor y Vanesa se miraron unos instantes. Seguidamente el abogado abrió el portafolios y sacó un papel mecanografiado y se lo pasó al médico.
-Verá, doctor -empezó a decir- Somos conscientes de que existe un pacto de confidencialidad médico-paciente que le impediría comentar cualquier cosa que se diga en esta sala fuera de ella. No queremos poner en tela de juicio su ética profesional, pero debe de comprender que la empresa quiera proteger sus intereses. Por lo tanto, antes de continuar, me veo en la tesitura de pedirle que firme este acuerdo de confidencialidad según el cual usted no podrá realizar grabaciones ni de audio ni de vídeo, tomar cualquier clase de registro o comentar nada de lo que va a oír en los próximos minutos con terceros.
-!Vaya! Me halaga esa confianza que tienen ustedes en mí -se mofó Howard mientras firmaba los papeles.
-No se lo tome a mal -se disculpó Vanesa- Tenga en cuenta que hablamos de mucho dinero. Además me sorprende que no se imaginara esto.
-La verdad es tampoco me extraña mucho -confesó el medico- pero no puedo evitar sentirme algo herido en mi orgullo.
-Ya cicatrizará -dijo Desmond cortante, que había contemplado con profunda desidia los trámites burocráticos.
-Bueno -comenzó a explicar Héctor- Ya que vamos a ponerle al corriente de la situación vamos a hacerlo bien, así que le ruego un poquito de paciencia. Verá, desde que el ser humano aprendió a plantar semillas hemos sufrido varias revoluciones tecnológicas a lo largo de la historia que han supuesto un cambio significativo en el modo del vida de los hombres. Así, hemos pasado por la revolución industrial y estamos en plena revolución informática, en el sentido más amplio. Sin embargo, falta todavía la que quizá sea la más importante revolución a la que ha de enfrentarse la humanidad, y es una revolución energética. Me explico: las fuentes de energías actuales son claramente deficientes, y de su escasez depende un mercado que lastra el progreso de toda la humanidad. Los combustibles fósiles son contaminantes y dependen de unas materias primas que están heterogéneamente distribuidas en el planeta.
"Dependemos tanto de ellas que se inician guerras, caen gobiernos y se cometen crímenes de todo tipo para garantizar su suministro. Aquellos dirigentes de países que los poseen manipulan los mercados para enriquecerse ellos. Es una fuente de ingresos fácil que implica altísimos niveles de corrupción. "La energía de fisión tiene la ventaja de ser barata y no depender tanto de los caprichos del mercado. Pero es altamente contaminante, un auténtico veneno a largo plazo, y conlleva unos riesgos en caso de accidentes que nadie quiere aceptar, sobre todo aquellos que viven cerca de las centrales nucleares."
"La energía de fusión es cara, se encuentra todavía en fase experimental y no hay indicios de que realmente pueda dejar de ser así en las próximas décadas. Necesitaría una inyección económica por parte de los estados sin precedentes, algo que parece que no estén dispuestos a hacer"
-Tiene además otro inconveniente -puntualizó Vanesa- Adolece de una serie de problemas intrínsecos de difícil solución. Si se utiliza deuterio en el proceso de fusión para conseguir Helio se produce una lluvia de neutrones incontrolables que se comen literalmente las paredes de los reactores. Habría que cambiarlas cada pocos años y no son baratas. La alternativa es el tritio, y este isótopo del hidrógeno no se encuentra de forma natural en la Tierra. Así las cosas parece que van a tener que ir a buscarlo a la Luna... ¡y nos quejamos de la distribución del petróleo!
-Cierto -continuó el abogado- Por otro lado, las energías renovables tampoco parecen una solución definitiva. Las placas solares sólo son eficientes en regiones meridionales, y no todos los días del año. Producen cantidades de energía relativamente pequeñas. El biocombustible amenaza con destruir los mercados alimenticios. Producen una elevación de los precios de la base de toda la pirámide nutricional humana. Suben los cereales, tanto para la alimentación humana como los piensos para los animales, por lo que sube la leche y la carne... sin contar lo moralmente cuestionable que le puede parecer a algunos que en occidente quememos la comida para movernos en coche mientras hay países que se mueren de hambre. Los generadores eólicos, por su parte, tienen un profundo impacto paisajístico y son auténticos trituradores de pájaros. Existen otras alternativas, pero en general tan sólo producen un cierto alivio en la demanda de petróleo o nuclear, pero por sí solas no podrían llevar el peso de una economía altamente industrializada. Y es esta industrialización la que está llegando a los límites de lo que la producción energética mundial puede soportar. Lo que CERES está investigando es la obtención de una nueva fuente de energía no contaminante, que dejaría en pañales a la nuclear y sería totalmente inagotable.
Desmond soltó un bufido, y los dos compañeros del CERES se giraron hacia él.
-Me cuenta todo esto como si quisiera venderme acciones de la compañía -indicó Howard.
-Sólo pretendo que sea consciente de la importancia del proyecto del que estamos hablando y de lo trascendental que puede ser esta reunión. No obstante podría intentar ser más breve.
-Oh, no se preocupe. Comparado con todas las sandeces que tengo que escuchar yo todos los días esto que dice usted tiene sentido -rió el psiquiatra, que inmediatamente cambió la expresión de su rostro como si se acabara de acordar de algo-No se ofenda, doctor Desmond -añadió.
-Por mí puede usted irse a la mierda.
-Bueno -continuó Vanesa tras unos segundos de silencio incómodo- como iba diciendo, CERES está investigando la viabilidad de una nueva forma de energía, de la que tal vez haya oído hablar, pues es un concepto que no es nuevo. Se trata de la energía de falso vacío.
-Pues me temo que tendrá que explicármela brevemente, doctora -reconoció Howard.

Continuará...
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