ANTON OBSTINADO
Hace tiempo que se me ocurrió una idea para un relato, pero no encontraba la forma de empezarlo, porque estaba escribiendo otras historias y no quería interferir, pero esta vez he logrado encontrar la inspiración para empezarlo. Os traigo la primera parte.
La campana de la iglesia sonó una vez, rompiendo la quietud del pueblo; la torre rasgaba el cielo estrellado como un cuchillo y los rostros de piedra de los sepulcros que guardaban los cuerpos de personajes ilustres del pueblo, en el lateral del edificio, contemplaban desde otro tiempo la faz de la luna; en ese momento alguien atravesaba la plaza de la iglesia bajo la luz amarillenta de las farolas.
Anton cerró el tomo de jurisprudencia que estaba consultando para preparar un juicio y se asomó a la ventana, estirándose y bostezando, con los ojos vidriosos por el sueño; observó a la persona que caminaba por la plaza de la iglesia en dirección a un callejón que llevaba a la biblioteca.
Él pensó que alguien tendría que estar loco para estar en la calle a esas horas, con el frío que hacía. Anton era ante todo un hombre práctico y nunca se dejaba llevar ni por las fantasías ni por las excentricidades; su vida era convencional, la de un abogado de un pueblo, dedicado a los pleitos por lindes de tierras y derechos reales.
El viandante estaba cubierto por un amplio abrigo con capucha, al parecer y su forma de caminar no era normal; a Anton le llamó la atención que fuera de movimientos delicados, como si se deslizara por el suelo empedrado de la plaza, como si sus pies no tocaran el suelo.
Se acercó más al cristal de la ventana para intentar averiguar quién estaba paseando a esas horas y no logró reconocer a ningún vecino. ¿Sería un forastero tal vez? En ese caso, quién querría viajar hasta allí, que era un lugar sin otro atractivo turístico que la iglesia del siglo XV y poco más?
Cuando el viandante llegó junto al callejón que llevaba hacia la biblioteca y el conservatorio, Anton vio con desconcierto cómo este parecía desvanecerse de repente, como si hubiera desaparecido por arte de magia, haciéndose invisible por momentos. Él se frotó los ojos con sus manos rechonchas, incrédulo y miró con más atención hacia el lugar en el que esa persona se había detenido para desaparecer.
Eran imaginaciones suyas, pensó. Solo era eso. Estaba agotado después de un largo día de trabajo y sus reflejos empezaban a fallarle. Corrió la cortina y apagó la luz de la lámpara de su escritorio, antes de salir del despacho de puntillas, para no despertar a Henrietta, su mujer.
Cuando Anton se tumbó en su cama, envuelto en las sábanas y la oscuridad de la habitación comenzó a formularse preguntas como quién sería esa persona misteriosa, si sería hombre o mujer, qué haría allí a esas horas... Seguro que nada bueno, pensó, con los ojos doloridos. Los cerró por unos segundos, los volvió a abrir un momento, pensando que no había nada misterioso en lo que había visto, si es que lo había visto, claro. Y después se durmió, respirando acompasadamente con Henrietta, que llevaba horas dejando reposar su cuerpo rechoncho con el sueño reparador.






















anakenobi dijo
Hola!! espero que continues con la historia!!
Saludos
16 Noviembre 2007 | 08:22 AM