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La Coctelera

SELENE DE NEBULAE

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18 Noviembre 2007

Anton Obstinado (3ª Parte)

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Cuando Anton abrió la puerta del desván, esta chirrió y le llevó directamente al mundo de lo olvidado; entre la penumbra solo rota por un rayo de luz que entraba por una ventana minúscula, pudo ver la caja repleta de álbumes de fotos, que un día decidieron que ocupaban demasiado espacio en el salón. En un rincón, la bicicleta estática que Henrietta ya no utilizaba mientras veía su programa de televisión favorito, junto a un cuadro que les regaló un primo suyo, hacía veinte años, con el marco separado del lienzo y las cajas de ropa de verano, etiquetadas cuidadosamente.

Anton buscó con la mirada primero y después se subió las mangas de la camisa para no mancharse con el polvo; movió una de las cajas de ropa y otra con vestidos de Henrietta de cuando era joven, después un sombrerero viejo, una caja repleta de gafas suyas desde que empezó a llevarlas, de adolescente, y por fin lo encontró.

Con las manos temblorosas, Anton arrastró por el suelo una maleta de piel marrón y la abrió; en su interior había un diploma de la Universidad de Amberes en el que se podía leer “Premio al mejor fotógrafo amateur”. Se sonrió y lo contempló por unos segundos, recordando el día en que se lo entregaron por el reportaje fotográfico de pájaros con el que se presentó al concurso, con veinte años.

Dentro de la maleta había una cámara reflex de la marca Leica y varios objetivos, además de un fotómetro y una caja con lentes que él abrió cuidadosamente; las observó y recordó cómo le gustaba revelar las fotos y conseguir efectos distintos. Al lado de la maleta tenía que haber algo muy importante, una ampliadora y las piletas para el revelado. Lo bajó todo y lo guardó en el despacho, pensando en que debía buscar también el trípode.

Después de cenar, mientras Henrietta miraba absorta la televisión sin decir ni una palabra, Anton se encerró en su despacho y desmontó la cámara; cambió el objetivo, por un teleobjetivo. Preparó el trípode frente a la ventana y miró a través del visor para orientarla hacia la plaza de la iglesia. Todavía no era la hora de ver aparecer a esa persona junto a la farmacia y caminar por la plaza, hasta el callejón; miró el reloj y pensó con desilusión que todavía quedaban varias horas.

Salió del despacho y se sentó junto a Henrietta en el sofá. “¿Qué estás viendo, querida?”, preguntó. “Un programa sobre los dálmatas y los concursos caninos.” “Ah, fascinante:”Anton miró el reloj del salón y pensó que esas horas iban a pasar muy lentamente.

“¡Querido, despierta, que te has dormido!”, exclamó Henrietta, dándole pequeños golpecitos en el hombro. Anton bostezó y la miró confuso. Su mujer se había puesto los rulos, señal de que se iba a acostar. De pronto recordó que quería fotografiar al desconocido que llevaba observando varias noches a la misma hora y en el mismo lugar. Se sobresaltó cuando pensó que tal vez sería demasiado tarde para realizar su plan. Pero no, todavía tenía tiempo.

- Yo me voy a dormir, mañana tengo que hacer inventario en la tienda y tendré mucho trabajo.
- Ay, se me había olvidado leer un documento para el pleito de la herencia de la señora esa.- dijo Anton para justificarse.
- Bueno, pero no te acuestes tan tarde, que llevas unos días que no descansas, no me extraña que te duermas en el sofá.

Henrietta se despidió dándole un beso en la mejilla y se fue a la habitación; Anton se restregó los ojos y se desperezó. Tenía que hacer lo posible por no dormirse y decidió contemplar sus fotos de pájaros de su época universitaria. Sonrió cuando vio al petirrojo que después de ser inmortalizado por la cámara salió volando.

Cuando llegó la hora, Anton se levantó de su silla de un salto y se acercó a la cámara, con los ojos cansados y enrojecidos. Tenía que conseguir las fotos de esa persona, aunque pareciera una locura. Esperó a escuchar la campanada que anunciaba que era la una y por fin pudo distinguir a la sombra que caminaba por la plaza de la iglesia, bajo un cielo estrellado y sin luna.

Como siempre, su caminar era lento y elegante; Anton seguía pensando que había una explicación para lo que estaba apunto de contemplar, lo mismo que había visto, con incredulidad varias noches seguidas desde su ventana. Empezó a enfocar el objetivo y después contó mentalmente. “Mil ciento uno, mil ciento dos”, soltó el disparador y se oyó el sonido del obturador. “Ya lo tengo”, pensó. “Otra más”. Disparó otra foto, y otra, hasta que la sombra llegó al callejón y como había ocurrido las noches anteriores, desapareció. “Bien, esta también la he conseguido”, susurró entre dientes.

Desmontó el trípode y quitó el teleobjetivo para guardarlo cuidadosamente en la maleta de piel. “Mañana estaré solo, revelaré todas las fotos”, pensó. Cuando apagó la luz de su despacho, sintió que había logrado un pequeño triunfo. “Así podré demostrar que no es nada”.

servido por selenedenebulae 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

homeronica

homeronica dijo

Bueno; en esta tercera entrega la cosa se pone mas interesante. ¿No se le habrá olvidado poner el rollo a la cámara o quitar la tapa del obsturador verdad? Bueno veremos qué pasa. Un beso amiga. H.

19 Noviembre 2007 | 02:40 AM

anakenobi

anakenobi dijo

Hola!! me he tenido que poner al día con la historia, yo esperaba que la sombra misteriosa se volviera hacia antón y lo mirara, je je, debe ser que escucharlo con la música de Drácula le da un ambiente más misterioso...¿qué saldrá en las fotos? estoy deseando saberlo.

Saludos

19 Noviembre 2007 | 11:08 AM

nicoletto

nicoletto dijo

Vamos. Un dia mas, una dosis de intriga para llegar a despejar la niebla. Espero no se vele la pelicula.

19 Noviembre 2007 | 01:44 PM

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Ella siente su aliento en la nuca, mientras acaricia las cuerdas, como si fueran los cabellos de él. Lejos, cerca; él y ella. La luna les atrae bajo su luz plateada, y les abraza en una noche infinita.


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