Anton Obstinado (5ª Parte)
“¡No, no y no!”, gritó Anton cuando vio las fotos de su segundo intento de retratar a la extraña persona que paseaba por la plaza de la iglesia. Se había asegurado de que el carrete era nuevo, que la cámara estaba en perfectas condiciones, incluso había cambiado el objetivo, y volvía a ver una figura borrosa en el lugar donde él había visto al desconocido.
Tras las primeras fotos, Anton había comprado un carrete nuevo, especial para fotografías con poca luz, después de despedirse del último cliente del día, y antes de que volviera Henrietta de la floristería, con el rostro cansado. Cuando ella entró por la puerta le encontró leyendo una revista sobre fotografía, en el salón; eso era algo muy inusual en Anton, que llevaba años sin interesarse por su antigua afición. Henrietta frunció el ceño y él la saludó sin casi mirarla, hasta que ella se quejó, y vio uan sonrisa nerviosa en el rostro de Anton.
-¿Qué tal el día”- preguntó ella, mirándole de reojo, mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba en el perchero.
-Bien, querida, como siempre.
-Qué bien. Yo estoy agotada, no aguanto los inventarios.- Henrietta se sentó en el sofá, junto a Antón y le echó una rápida ojeada a la portada de la revista, que Anton guardó en el revistero, para disgusto de ella.
- Ahora deberías descansar, querida, como hago yo ahora. Después tengo que seguir trabajando un poco.
Henrietta se disgustó cuando escuchó eso, pero lo ocultó; llevaba días viendo que Anton estaba distinto. Antes no pasaba tanto tiempo encerrado en el despacho y ya hacía mucho que no pensaba en la fotografía. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Acaso tenía una crisis personal?
Habían cenado en silencio y después de ver juntos un programa sobre la cría del perro pekinés, Anton se excusó diciendo que tenía que preparar unos documentos para el día siguiente. Había repetido las fotos y se había acostado con una impaciencia fuera de lo normal en él. Tendría que esperar de nuevo...
Y allí estaba él, con las nuevas fotos delante, iguales que las primeras. Se negaba a creer que fuera un fallo de su cámara. “Nunca me había pasado esto, es imposible que haya sido un fallo mío, pero tiene que existir una explicación para lo que está ocurriendo cada noche, a la misma hora.” “Hoy tengo que verlo por mí mismo”.
Hacía frío y Anton esperó una noche más a que se aproximara la una de la madrugada, con la misma excusa de los últimos días. Henrietta le miró con disgusto cuando se despidió de él antes de irse a la habitación. “No te preocupes, querida, mis horarios volverán pronto a la normalidad.”, dijo él, dándole un beso en la frente.
En cuanto se quedó solo, Anton miró el reloj y entró en su despacho caminando rápidamente de un lado para otro. ¿Cómo podría aguantar hasta la una? Se asomó a la ventana varias veces y buscó un libro que leer, para pasar el rato. Qué lento pasaba el tiempo mientras esperaba.
























angelsinalas dijo
Seguro que tenía una buena razón para estar así, que él solo conocía. La espera hasta la una, se le iba a hacer eterna.
Hermoso relato, con un halo de misterio.
Saludos.
23 Noviembre 2007 | 01:40 AM