Anton Obstinado (6ª Parte y Final)
No es mi costumbre publicar un post tan largo, pero en vista de la expectación sobre cómo iba a terminar el relato, he decidido publicar el final completo. Espero que os guste...
Cuando Anton se despertó, estaba sentado en el sillón de piel de su despacho, con un libro apoyado en el pecho; se sintió mareado y se preguntó qué hacía él allí. El sonido de las manecillas del reloj de péndulo que colgaba de la pared y la luz que caía de la lámpara de pie, sumiendo en la penumbra el resto de la estancia le habían llevado al sopor. Cerró el libro y escuchó la campanada que anunciaba que era la una de la madrugada. De pronto lo recordó todo; se levantó de un salto y salió precipitadamente del despacho sin preocuparse de apagar la luz.
Se puso el abrigo en la entrada y corrió hacia la calle, dando un portazo tras de sí, mirando en la misma dirección en la que cada noche veía aparecer a la persona misteriosa, junto a la farmacia, que estaba en una esquina de la plaza. Desde la ventana de la habitación, en la oscuridad, el rostro triste de Henrietta le vio alejarse, casi tambaleándose.
Anton sintió una bofetada de frío en el rostro y que le dolían los pulmones; no estaba acostumbrado a correr porque nunca había sido un buen deportista, ni siquiera en la niñez. Corrió torpemente y a gran distancia vio a ese ser que le había llegado a obsesionar; tenía que descubrir quién era, comprobar con sus propios ojos si el fenómeno que había observado desde su ventana era real o imaginaciones suyas. ¿Era posible que esa persona desapareciera de pronto ante él, como le había parecido ver? Nunca había creído en lo sobrenatural, pero había muchos factores que le hacían dudar.
Intentó acortar la distancia entre él y el desconocido; definitivamente era un hombre, lo pudo distinguir por la complexión de su cuerpo, aunque no estaba todavía lo suficientemente cerca para ver de quién se trataba. El hombre caminaba con movimientos elegantes y portaba la funda de algún instrumento musical. Anton sintió que las fuerzas le fallaban y que necesitaba detenerse, porque le dolía el pecho y los miembros.
Entre jadeos, Anton intentó llamar la atención del desconocido, extendió la mano hacia él, pero este le ignoró, como si no le hubiera oído. Cuando el hombre llegó hasta el callejón, que estaba mal iluminado, Anton le miró con atención y le vio desaparecer de pronto, como si nunca hubiera existido. Gritó y emprendió de nuevo la carrera hacia el lugar donde ese hombre de aspecto distinguido se había hecho invisible. Miró a su alrededor, desorientado, la cabeza le daba vueltas; entró en el callejón y continuó hacia la biblioteca y el conservatorio, hasta que se rindió a la evidencia: allí no había nadie.
Volvió a su casa sintiéndose profundamente impresionado, confuso, no sabía qué creer, aunque sabía que no eran imaginaciones suyas. Se sentó en el sofá y comenzó a llorar en silencio. Sabía que ese hombre que había visto ya solo era una sombra del pasado y que el mundo en el que él había creído se había desmoronado a sus pies. Pasada una hora, se fue a dormir, junto a Henrietta, que se hacía la dormida. Los dos sintieron frío aquella noche.
A la mañana siguiente, Anton miró por la ventana hacia la plaza, que estaba vacía y envuelta en la bruma y recordó a aquel hombre, perdido en un mundo al que ya no pertenecía. Sintió una honda tristeza que no le abandonó en todo el día y que él creía haberle contagiado a Henrietta, porque apenas le había hablado y cuando le miraba no ocultaba el dolor en su ojos.
Anton atendió sus clientes sin apenas escucharles, como si sus voces le llegaran de muy lejos; su mente le devolvía una y otra vez la visión de ese hombre, que parecía joven, desapareciendo de pronto. ¿Cómo podría explicar a Henrietta lo que había visto? Era ella la única con la que compartiría ese secreto. Pero, ¿y si le tomaba por loco?
Decidió averiguar si había ocurrido algún hecho trágico en ese callejón, junto a la iglesia y buscó entre sus libros un tomo que le había regalado el alcalde hacía diez años, al que él no le dio importancia. El libro, muy voluminoso, era una crónica del pueblo desde el siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XX y ahora estaba cubierto de polvo, después de estar abandonado en un estante desde el mismo día en el que entró en la casa.
Anton se sentó en el sillón de su despacho, bajo la luz de la lámpara de pie y buscó en el índice; había noticias de bodas, que Anton pasó por encima sin darles importancia. Se hacía mención de los distintos alcaldes que había tenido el pueblo, la inundación que había acaecido a principios de siglo XIX cuando se desbordó el río, matando a un hombre, también se hablaba de las epidemias de gripe que terminaron con muchos habitantes... No, no podía ser ninguna de esas noticias. Tenía que ser algo más romántico, no una gripe. Tal vez un crimen.
Anton pasaba las páginas rápidamente, con la mirada febril, buscó las crónicas sobre crímenes y sonrió pensando que allí estaría la respuesta. Mientras leía, los dedos le temblaban. Fuera del despacho, Henrietta estaba sentada en el sofá, intentando ver un programa sobre la recolección de la alcachofa, aunque la mente estaba divagando sobre los motivos por los que su marido podía haber salido de madrugada de casa. Intentó aguantar las lágrimas cuando le imaginó visitando a otra mujer. Siempre se habían llevado bien, aunque ninguno de los dos fuera muy apasionado. Ahora le parecía que el cielo se le iba a caer encima.
“¡Aquí está!”, gritó Anton, señalando con el dedo una noticia en la que se hablaba del asesinato de Alfred Van Nooken, un violinista que había aparecido muerto junto al callejón, con una puñalada en un costado. Nunca se descubrió al autor del crimen y Alfred fue enterrado sin que nadie le hiciera justicia. Anton sintió una mezcla de pena y triunfo por haber logrado identificar al hombre. Ahora lo entendía todo.
Henrietta le vio salir del despacho sonriente y eso acrecentó más su dolor; él parecía ignorarla y ella pensó que seguramente estaría planeando una visita a otra mujer. Tenía que ser algo así, porque no se concentraba en su trabajo, estaba anulando algunas citas con clientes y su actitud había cambiado mucho. No estaba acostumbrada a sus cambios de humor.
Anton se sentó junto a ella en el sofá y vieron la televisión en silencio, hasta que ella decidió acostarse y él dijo que no tenía sueño. Henrietta le devolvió una mirada llena de dolor y le dijo “no tardes mucho”. Él contestó con un “ajá” y volvió a leer el artículo del libro de crónicas del pueblo en el que se hablaba de Alfred Van Nooken. Le imaginó cayendo al suelo, herido de muerte, tal vez sin saber quién era su asesino. De pronto sintió que necesitaba verle de nuevo, ahora que ya sabía quién era.
Cuando se iba aproximando la hora de la aparición de Alfred en la plaza de la iglesia, Anton se levantó del sofá, con los ojos enrojecidos por el sueño, se desperezó y buscó el abrigo, mirando el reloj; esta vez iba a poder verle a la cara. Salió de la casa intentando no hacer ruido y caminó tranquilamente hacia la iglesia.
El suelo empedrado estaba húmedo por la niebla; sus pasos resonaban en la plaza con un eco sordo. Miró hacia la dirección donde tenía que ver aparecer a Alfred y esperó pacientemente, subiéndose el cuello del abrigo. Cada vez hacía más frío y él se frotó las manos para calentárselas.
De pronto escuchó unos pasos aproximándose a él a su espalda y él se dio la vuelta, alerta; su sonrisa se congeló en un gesto de confusión cuando vio su rostro.
- Henrietta, ¿qué haces aquí?
- Eso digo yo, Anton, ¿se puede saber que haces aquí, a estas horas? Ayer te vi cuando saliste de casa.- Ella se llevó las manos a los ojos, que estaban cubiertos de lágrimas.
- Pero mujer, no habrás creído... – Anton extendió una mano hacia el rostro de Henrietta.
- ¡No intentes engañarme!- gritó ella, alejándole, con un gesto.- Sé que quieres a otra, estás distinto, me evitas, has cambiado de costumbres, y te he pillado aquí.
- Henrietta, querida, me dejas anonadado, no sabía que tú me vieras así...- Anton sintió un gran pesar cuando ella le dio la espalda y continuó llorando en silencio.
Él se aproximó a ella y le acarició los brazos, hasta que Henrietta se soltó. Él se sintió desesperado y la pidió que le escuchara un momento. “ Querida, no es lo que tu piensas, no estoy enamorado de nadie más que de ti.” Ella se dio la vuelta y le miró a la cara, con los labios temblorosos. “¿Entonces qué ocurre?”, susurró ella.
Anton la tomó de la mano y la llevó hacia la iglesia. “Quiero que veas algo”, dijo. Los rostros de piedra del sepulcro que se encontraba en un lateral de la iglesia eran testigos inanimados de la confusión de Henrietta, que no contestó, pero permaneció quieta en ese lugar. “¡Mira hacia la farmacia!”, dijo, señalando.
El espectro apareció caminando lentamente hacia donde ellos se encontraban, con el estuche de su violín bajo el brazo, vestido con una levita de color negro a juego con los pantalones y una capa con capucha. Por primera vez, Anton pudo ver su rostro; era un hombre bien parecido, de rasgos proporcionados. Su cabello, oscuro y rizado, se escapaba de la capucha y sus ojos eran grandes y oscuros; una perilla y un fino bigote adornaban su rostro. Henrietta no entendía nada y miró a Anton, perpleja.
El desconocido se aproximó a ellos y cuando pasó junto a Henrietta la miró directamente. “Marie, ¿eres tú?”, preguntó, con voz angustiada. Ella no respondió. “¿Dónde estabas, Marie? Te he estado buscando durante mucho tiempo, para irnos juntos, como habíamos planeado, pero no venías; temí que tu marido te hubiera descubierto... ¿Eres tú, mi amor? Contesta.”
Cuando Henrietta estaba apunto de contestar, se le adelantó su marido. “Sí, Alfred, es Marie, ya la has encontrado. Ella te estaba esperando.”
Alfred la miró con un gesto de amor y extendió una mano hacia ella, con una inmensa ternura. Henrietta sintió frío y le contempló hacerse invisible ante sus ojos, que se le llenaron de lágrimas. Lo último que vio del rostro de Alfred fue una sonrisa. Solo quedó silencio. Cuando Ella miró a Anton, este también estaba llorando. Se abrazaron y permanecieron unidos durante unos momentos, antes de volver a su casa.
Conclusión:
Anton y Henrietta se asomaron a la ventana puntualmente a la una de la madrugada, la noche siguiente, abrazados; Anton clavó la mirada en la esquina de la farmacia y por unos segundos pensó que vería aparecer a Alfred. Pero no había nadie allí. Henrietta le sonrió y él suspiró con alivio. Alfred había logrado descansar para siempre.
- Me gustaría que me contaras todo como fue- dijo ella.
- No sé por dónde empezar...- Contestó Anton.





















homeronica dijo
Buena historia; una mezcla de surrealismo; misterio; intriga, pasión. Cuantas almas en pena vagan por el mundo sin encontrar la paz que le da el ser amado. Un beso Selene. H.
24 Noviembre 2007 | 07:38 AM