Encontrarte otra vez (Relato)
“Sé que es difícil encontrarse con ella, pero no imposible; ayer la escuché decir que vivía por esta calle, cuando hablaba con su amiga. ¿Y si la veo llegar y la saludo? ¿Qué pasaría? Tampoco es tan raro que yo pase por aquí, con mi carpeta bajo el brazo, es un calle concurrida.”
Andrés caminaba lentamente, como hipnotizado, buscando con la mirada el rostro de ella entre las decenas de rostros que se cruzaban en su camino. Hacía un calor sofocante y sentía como el sol quemaba su piel, como a mordiscos; se llevó la mano al cuello, como si así pudiera evitarlo y buscó una sombra en la que escapar de las quemaduras.
La calle era estrecha y muy larga, con tiendas de música alternativa, un taller de coches que despedía un olor a aceite y neumáticos que le llegó a él como una bofetada cuando pasó a su lado; una pareja se besaba junto a un portal de puerta estrecha y llena de pintadas y el joven sintió una punzada de envidia. Ojalá él tuviera en sus brazos a Laura, para besarla de la misma forma.
Siguió caminando, mirando a la pareja y pasó junto a un centro de Yoga y una librería; quiso aprenderse de memoria esa calle, imaginó a Laura saliendo de un portal, radiante, como él la veía entre clase y clase, bromeando con sus amigos, con su pelo castaño y rizado, jugando con sus mejillas, pugnando por acercarse a sus labios finos, en los que siempre se dibujaba una sonrisa.
Esquivó un andamio y a un hombre sentado en el suelo, pidiendo limosna con un cachorro en sus brazos y siguió inmerso en sus pensamientos. “Si yo fuera su novio la trataría mejor que ese cretino que sale con ella”, pensó. “¿Qué tiene él que no tenga yo? No es tan guapo como se cree, ni siquiera llama la atención. Y se ríe de una forma estúpida.”
Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos y se paró frente al escaparate de una tienda de comics; le sorprendió encontrarla allí, mientras buscaba encontrarse con Laura. Pensó en decírselo a sus amigos. Cuando iba a reanudar el paseo vio un rostro que hizo que le temblaran las piernas y su corazón se acelerara. Era ella, y había estado apunto de no verla, por mirar los libros sobre Star wars.
Laura caminaba hacia donde estaba él, con paso decidido, con un libro bajo el brazo, pasó por su lado y él susurró un “hola” desde lo más profundo de su ser al que ella respondió despreocupadamente y pasó de largo, dejando tras de sí la estela de su colonia, que le acarició el rostro.
Él la vio alejarse y se fijó en qué portal entraba, uno con una puerta de madera de color rojo, junto al único árbol de la calle, de tronco raquítico, en el que las pocas hojas verdes daban fe de que seguía vivo todavía, a pesar del calor de ese verano.
Cuando ella desapareció de su vista, sintió que su corazón seguía desbocado; intentó respirar hondo y se sentó en un escalón de la tienda, hasta que un chico vestido de negro de los pies a la cabeza intentó entrar.
“La he visto, por fin...”, pensó él, poniéndose en pie lentamente. “Está tan guapa, y me ha saludado. Yo diría que me ha sonreído un poco.” Decidió caminar hacia el final de la calle y volver a casa, con la nuca colorada por los mordiscos de los rayos del sol.
A la semana siguiente, Andrés se bajó del autobús con su carpeta bajo el brazo, con un temblor en las piernas que casi le hizo tropezarse con uno de sus pies. Había salido de su clase de Inglés en la academia y tenía un rato libre, por fin. Caminó deprisa hacia la calle donde Laura vivía y antes de atravesarla respiró hondo varias veces, como lo haría un corredor antes de una carrera.
El sol estaba muy alto y caía como a plomo sobre los adoquines de las estrechas aceras y sobre el asfalto; la calle estaba casi desierta y de las ventanas abiertas salían sonidos dispares, como música disco, las voces de un programa del corazón, como si de un gallinero se tratara, los ladridos de un perro...
Andrés sintió que su corazón se aceleraba a medida que se aproximaba al portal en el que había visto entrar a Laura. Pasó junto al escaparate de la tienda de comics y artículos varios y miró hacia un lado, como aquella tarde en al que la vio, esperando encontrarse de nuevo con su rostro, y descubrió con decepción que allí no había nadie.
Pero no estaba todo perdido; todavía podía toparse con ella saliendo del portal de su casa, tal vez con la misma camiseta que había llevado por la mañana, que le había desconcentrado en clase de Mercantil y que le había alejado de la voz monótona de la profesora. Ella le había mirado por un segundo, por lo menos sabía que existía.
El único árbol de la calle parecía custodiar el pequeño portal del edificio donde Laura vivía y nadie salió de él cuando Andrés pasó por delante. “Qué mala suerte”, pensó, arrastrando los pies y mirando cada ventana. “Una se esas será la de su habitación, tal vez ahora ella esté allí, tan cerca de mí, y tan inalcanzable. Venga, Laura, asómate...”
Se detuvo un momento, imaginando que el rostro de ella aparecía tras una cortina, sonriente, como siempre, y le miraba a él, solo a él. Y entonces tal vez ella bajaría a la calle y le abrazaría y se fundirían en un beso. Pero eso no ocurrió. El resto del camino se le hizo muy largo.
Los días de los exámenes llegaron y Andrés apenas salió de la biblioteca; apenas se concentró en los apuntes de Derecho Civil, que le esperaban sobre la mesa, marcados con rotuladores de varios colores. Cada vez que entraba una chica a la sala de lectura, él esperaba ver a Laura con su carpeta, preferiblemente sola, sin sus amigas, y sobre todo sin su novio.
“La usucapión o prescripción adquisitiva es... no, no es Laura, es su amiga.” “La usucapión o..., ¡ahora sí es ella! Ah, no, es otra.” Andrés guardó los apuntes y cerró la carpeta ruidosamente y varios estudiantes le miraron irritados; él les ignoró y salió de la biblioteca sin importarle el portazo.
Decidió pasear por delante del portal de Laura y cogió el autobús que le dejaría cerca de allí. Sacó de su bolsillo el reproductor de MP3 y seleccionó una canción de las que tenía grabadas. “Si nos volviéramos a ver, tal vez ella se pararía a hablar conmigo y yo podría invitarla a tomar algo. Y se daría cuenta de que soy más simpático que el cretino de su novio.”
Se bajó en la parada y buscó la calle con la mirada, sintiéndose como flotando en el aire. Comenzó a caminar junto a los edificios viejos, de fachadas sucias por los años y la polución y esquivó a una señora que arrastraba un carro de la compra, a una moto que atravesaba la calle en ese momento, el andamio de la casa que estaba en obras, y tenía la sensación de que nunca llegaría hasta su portal. En ese momento empezó a sonar una canción de Rammstein de la que había leído hacía poco la traducción, Onhe Dich, Sin ti.
La música le aisló de los ruidos del taller, de un coche que pasaba, de las risas de un grupo de adolescentes sentados en las escaleras de un portal; cada vez la distancia se acortaba y él sintió que su corazón le latía cada vez más deprisa.
“Hoy sí que tengo que encontrarme con ella, lo presiento, algo me dice que hoy sí, llevo días sin verla por clase ni en la biblioteca”, pensó, mirando cada rostro que se convertía en invisible cuando comprobaba que no era el de ella. “Si ella supiera lo que me gusta...”
Se paró frente al escaparate para contemplar la interminable calle con más calma y se fijó en una maqueta de “El Halcón Milenario” que exponían junto a un libro sobre las películas de Star Wars y junto a una nave Enterprise de Star Trek. Pensó en que cuando terminaran los exámenes, quedaría con un amigo suyo para ver la tienda por dentro.
Cuando se giró para continuar paseando, vio a Laura salir del portal con alguien; Andrés corrió para verla más de cerca, sintiéndose febril, como si no fuera capaz de contenerse las ganas de abrazarla. Se detuvo y Laura pasó junto a él, cogida de la mano de su novio, sonriendo, sin verle a él. Les vio alejarse lentamente, felices, ajenos a su sufrimiento, a la punzada de dolor que sentía en ese momento. Se quitó los auriculares y apagó el MP3.
“Hola”, dijo alguien a su espalda. Se dio la vuelta y encontró a una compañera suya, en la que apenas se había fijado, de la que ni siquiera recordaba el nombre. “Ah, hola”, respondió Andrés. Ella le dedicó una amplia sonrisa y un pestañeo coqueto, a la vez que le miraba de arriba abajo. “¿Qué le pasa a esta pesada? ¿Por qué me mira tanto y me sonríe, si casi no nos conocemos?”, se preguntó él, a la vez que reanudaba su camino, para alejase del portal de Laura.






















anakenobi dijo
Ja ja la usucapión y la prescripción adquisitiva! pobrecillo!!Ya veo que este relato va a tener tintes románticos...
Uy yo lo hubiera puesto a cantar eso de En tu calle estoy sin saber por qué...
http://www.youtube.com/watch?v=DrY33J8qUpM
un besico
3 Diciembre 2007 | 11:30 AM