Nada (Mini relato)
Por fin os traigo un mini relato de los míos, que ha surgido así, de repente.
La oscuridad lo envolvía todo en la habitación; su respiración sonaba calma cuando él entró, con pasos inaudibles. Podía distinguir el armario de madera de pino, los cuadros que ella había colgado en la pared del cabecero, para sentirse acompañada, y la mesilla de noche con la foto de sus padres y su hermana, junto a la lamparilla de pie de madera y pantalla de color blanco.
Por unos segundos se la quedó mirando desde la puerta, tan pálida que casi se confundía con las sábanas. Se aproximó a su cama cuando su gato, que dormía enroscado, a sus pies, abrió los ojos y le miró. Se incorporó y levantó las zarpas, maullando. Le veía, siempre podía verle. Él jugó con el animal, hasta que este se tumbó sobre la almohada, junto al rostro de ella, vigilante.
“Ya lo sé, eres su guardián”, dijo, observando el brillo de los ojos del gato. La mujer se movía bajo las sábanas, acompasada con su respiración. Su cabello se esparcía, en desorden por la almohada y le tapaba la boca, entreabierta. Lo que más le gustaba de ella eran sus ojos y ahora los tenía cerrados y sus pensamientos estaban muy lejos de allí.
Se sentó a su lado y recorrió con la mirada su hombro desnudo. La imaginó con ese camisón de tirantes que ella guardaba en el primer cajón del armario y que le había visto puesto muchas veces, con el que caminaba por la mañana, nada más levantarse. Deseaba acariciarla, saber cuál era el tacto de su piel, y cerró el puño, frustrado. El gato seguía observándole desde su posición de vigilancia, en la oscuridad, rascándose una oreja a la vez que bostezaba.
Él se quedó allí sentado durante un rato, contemplando a la mujer que vivía en su casa, desde hacía unos meses, a la que él había aceptado en su mundo; había decorado la casa a su gusto, había traído su música, había alterado la atmósfera encerrada en esas paredes. Ya no era la casa medio abandonada de un contable. Él no había hecho nada para impedirlo, sentía curiosidad por ella y después de todo no parecía tener costumbres molestas para él. Se había acostumbrado a su música y a verla cocinar. Si no les hubiera separado un abismo, a él le habría gustado salir con esa mujer.
Los rayos de luz se fueron colando entre las rendijas de las persianas, iluminando el rostro de ella, que resplandecía, en su blancura. Él se puso de pie y caminó hacia la puerta, haciéndose invisible, a la vez que sonaba el despertador y la mujer lo paraba, de un manotazo. Desde la puerta, él le tiró un beso sin que ella pudiera advertirlo y volvió a ser nada.























el-hombre-sin-ojos dijo
Vaya , se nota que se te da muy bien escribir y que has escrito mucho , esta super bien el relato ,da gusto leerlo .Me gusta especialmente como vas describiendo todo y el final es perfecto . Me ha gustado mucho ,espero pongas más relatos para ir pudiendolos leer.
12 Abril 2008 | 10:53 AM